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El hombre
mediocre – José Igenieros
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I. LA EMOCIÓN
DEL IDEAL
Cuando pones la proa
visionaria hacia una estrella y tiendes el ala hacia tal excelsitud inasible,
afanoso de perfección y rebelde a la mediocridad, llevas en ti el resorte
misterioso de un Ideal. Es ascua sagrada, capaz de templarte para grandes
acciones. Custódiala; si la dejas apagar no se reenciende jamás. Y si ella
muere en ti, quedas inerte: fría bazofia humana. Sólo vives por esa
partícula de ensueño que te sobrepone a lo real. Ella es el lis de tu blasón,
el penacho de tu temperamento. Innumerables signos la revelan: cuando se te
anuda la garganta al recordar la cicuta impuesta a Sócrates, la cruz izada
para Cristo y la hoguera encendida a Bruno; -cuando te abstraes en lo
infinito leyendo un diálogo de Platón, un ensayo de Montaigne o un discurso
de Helvecio; -cuando el corazón se te estremece pensando en la desigual
fortuna de esas pasiones en que fuiste, alternativamente, el Romeo de tal
Julieta y el Werther de tal Carlota; -cuando tus sienes se hielan de emoción
al declamar una estrofa de Musset que rima acorde con tu sentir; y cuando,
en suma, admiras la mente preclara de los genios, la sublime virtud de los
santos, la magna gesta de los héroes, inclinándote con igual veneración ante
los creadores de Verdad o de Belleza.
Todos no se extasían,
como tú, ante un crepúsculo, no sueñan frente a una aurora o cimbran en una
tempestad; ni gustan de pasear con Dante, reír con Moliére, temblar con
Shakespeare, crujir con Wagner; ni enmudecer ante el David, la Cena o el
Partenón. Es de pocos esa inquietud de perseguir ávidamente alguna quimera,
venerando a filósofos, artistas y pensadores que fundieron en síntesis
supremas sus visiones del ser y de la eternidad, volando más allá de lo
real. Los seres de tu estirpe, cuya imaginación se puebla de ideales y cuyo
sentimiento polariza hacia ellos la personalidad entera, forman raza aparte
en la humanidad: son idealistas.
Definiendo su propia
emoción, podría decir quien se sintiera poeta: el Ideal es un gesto del
espíritu hacia alguna perfección.
II. DE UN
IDEALISMO FUNDADO EN EXPERIENCIA
Los filósofos del
porvenir, para aproximarse a formas de expresión cada vez menos inexactas,
dejarán a los poetas el hermoso privilegio del lenguaje figurado; y los
sistemas futuros, desprendiéndose de añejos residuos místicos y dialécticos,
irán poniendo la Experiencia como fundamento de toda hipótesis legítima.
No es arriesgado
pensar que en la ética venidera florecerá un idealismo moral, independiente
de dogmas religiosos y de apriorismos metafísicos: los ideales de
perfección, fundados en la experiencia social y evolutivos como ella misma,
constituirán la íntima trabazón de una doctrina de la perfectibilidad
indefinida, propicia a todas las posibilidades de enaltecimiento humano.
Un ideal no es una
fórmula muerta, sino una hipótesis perfectible; para que sirva, debe ser
concebido así, actuante en función de la vida social que incesantemente
deviene. La imaginación, partiendo de la experiencia, anticipa juicios
acerca de futuros perfeccionamientos: los ideales, entre todas las
creencias, representan el resultado más alto de la función de pensar.
La evolución humana
es un esfuerzo continuo del hombre para adaptarse a la naturaleza, que
evoluciona a su vez. Para ello necesita conocer la realidad ambiente y
prever el sentido de las propias adaptaciones: los caminos de su perfección.
Sus etapas refléjanse en la mente humana como ideales. Un hombre, un grupo o
una raza son idealistas porque circunstancias propicias determinan su
imaginación a concebir perfeccionamientos posibles.
Los ideales son
formaciones naturales. Aparecen cuando la porque circunstancias propicias
determinan su imaginación puede anticiparse a la experiencia. No son
entidades misteriosamente infundidas en los hombres, ni nacen del azar. Se
forman como todos los fenómenos accesibles a nuestra observación. Son
efectos de causas, accidentes en la evolución universal investigada por las
ciencias y resumidas por las filosofías. Y es fácil explicarlo, si se
comprende. Nuestro sistema solar es un punto en el cosmos; en ese punto es
un simple detalle el planeta que habitamos; en ese detalle la vida es un
transitorio equilibrio químico de la superficie; entre las complicaciones de
ese equilibrio viviente la especie humana data de un período brevísimo; en
el hombre se desarrolla la función de pensar como un perfeccionamiento de la
adaptación al medio; uno de sus modos es la imaginación que permite
generalizar los datos de la experiencia, anticipando sus resultados posibles
y abstrayendo de ella idea les de perfección.
Así la filosofía del
porvenir, en vez de negarlos, permitirá afirmar su realidad como aspectos
legítimos de la función de pensar y los reintegrará en la concepción natural
del universo. Un ideal es un punto y un momento entre los infinitos posibles
que pueblan el espacio y el tiempo.
Evolucionar es
variar. En la evolución humana el pensamiento varía incesantemente. Toda
variación es adquirida por temperamentos predispuestos; las variaciones
útiles tienden a conservarse. La experiencia determina la formación natural
de conceptos genéricos, cada vez más sintéticos; la imaginación abstrae de
éstos ciertos caracteres comunes, elaborando ideas generales que pueden ser
hipótesis acerca del incesante devenir: así se forman los ideales que, para
el hombre, son normativos de la conducta en consonancia con sus hipótesis.
Ellos no son apriorísticos, sino inducidos de una vasta experiencia; sobre
ella se empina la imaginación para prever el sentido en que varía la
humanidad. Todo ideal representa un nuevo estado de equilibrio entre el
pasado y el porvenir.
Los ideales pueden
no ser verdades; son creencias. Su fuerza estriba en sus elementos
efectivos: influyen sobre nuestra conducta en la medida en que lo creemos.
Por eso la representación abstracta de las variaciones futuras adquiere un
valor moral: las más provechosas a la especie son concebidas como
perfeccionamientos. Lo futuro se identifica con lo perfecto. Y los ideales,
por ser visiones anticipadas de lo venidero, influyen sobre la conducta y
con el instrumento natural de todo progreso humano.
Mientras la
instrucción se limita a extender las nociones que la experiencia actual
considera más exactas, la educación consiste en sugerir los ideales que se
presumen propicios a la perfección.
El concepto de lo
mejor es un resultado natural de la evolución misma. La vida tiende
naturalmente a perfeccionarse. Aristóteles enseñaba que la actividad es un
movimiento del ser hacia la propia "entelequia": su estado de perfección.
Todo lo que existe persigue su entelequia, y esa tendencia se refleja en
todas las otras funciones del espíritu; la formación de ideales está
sometida a un determinismo, que, por ser complejo, no es menos absoluto. No
son obra de una libertad que escapa a las leyes de todo lo universal, ni
productos de una razón pura que nadie conoce. Son creencias aproximativas
acerca de la perfección venidera. Lo futuro es lo mejor de lo presente,
puesto que sobreviene en la selección natural: los ideales son un "élan"
hacia lo mejor, en cuanto simples anticipaciones del devenir.
A medida que la
experiencia humana se amplía, observando la realidad, los ideales son
modificados por la imaginación, que es plástica y no reposa jamás.
Experiencia e imaginación siguen vías paralelas, aunque va muy retardada
aquélla respecto de ésta. La hipótesis vuela, el hecho camina; a veces el
ala rumbea mal, el pie pisa siempre en firme; pero el vuelo puede
rectificarse, mientras el paso no puede volar nunca.
La imaginación es
madre de toda originalidad; deformando lo real hacia su perfección, ella
crea los ideales y les da impulso con el ilusorio sentimiento de la
libertad: el libre albedrío es un error útil para la gestación de los
ideales. Por eso tiene, prácticamente, el valor de una realidad. Demostrar
que es una simple ilusión, debida a la ignorancia de causas innúmeras, no
implica negar su eficacia. Las ilusiones tienen tanto valor para dirigir la
conducta, como las verdades más exactas; puede tener más que ellas, si son
intensamente pensadas o sentidas. El deseo de ser libre nace del contraste
entre dos móviles irreductibles: la tendencia a perseverar en el ser,
implicada en la herencia, y la tendencia a aumentar el ser, implicada en la
variación. La una es principio de estabilidad, la otra de progreso.
En todo ideal, sea
cual fuere el orden a cuyo perfeccionamiento tienda, hay un principio de
síntesis y de continuidad: "es una idea fija o una emoción fija". Como
propulsores de la actividad humana, se equivalen y se implican
recíprocamente, aunque en. la primera predomina el razonamiento y en la
segunda la pasión. "Ese principio de unidad, centro de atracción y punto de
apoyo de todo trabajo de la imaginación creadora, es decir, de una síntesis
subjetiva que tiende a objetivarse, es el ideal" dijo Ribot. La imaginación
despoja a la realidad de todo lo malo y la adorna con todo lo bueno,
depurando la experiencia, cristalizándola en los moldes de perfección que
concibe más puros. Los ideales son, por ende, reconstrucciones imaginativas
de la realidad que deviene.
Son siempre
individuales. Un ideal colectivo es la coincidencia de muchos individuos en
un mismo afán de perfección. No es que una "idea" los acomune, sino que
análoga manera de sentir y de pensar convergen hacia un "ideal" común a
todos ellos. Cada era, siglo o generación puede tener su ideal; suele ser
patrimonio de una selecta minoría, cuyo esfuerzo consigue imponerlo a las
generaciones siguientes.
Cada ideal puede
encarnarse en un genio; al principio, mientras él lo define o lo plasma,
sólo es comprendido por el pequeño núcleo de espíritus sensibles al ritmo de
la nueva creencia.
El concepto
abstracto de una perfección posible toma su fuerza de la Verdad que los
hombres le atribuyen: todo ideal es una fe en la posibilidad misma de la
perfección. En su protesta involuntaria contra lo malo se revela siempre una
indestructible esperanza de lo mejor; en su agresión al pasado fermenta una
sana levadura de porvenir.
No es un fin, sino
un camino. Es relativo siempre, como toda creencia. La intensidad con que
tiende a realizarse no depende de su verdad efectiva sino de la que se le
atribuye. Aun cuando interpreta erróneamente la perfección venidera, es
ideal para quien cree sinceramente en su verdad o su excelsitud.
Reducir el idealismo
a un dogma de escuela metafísica equivale a castrarlo; llamar idealismo a
las fantasías de mentes enfermizas o ignorantes, que creen sublimizar así su
incapacidad de vivir y de ilustrarse, es una de tantas ligerezas alentadas
por los espíritus palabristas. Los más vulgares diccionarios filosóficos
sospechan este embrollo deliberado: "Idealismo: palabra muy vaga que no debe
emplearse .sin explicarla".
Hay tantos
idealismos como ideales; y tantos ideales como idealistas y tantos
idealistas como hombres aptos para concebir perfecciones y capaces de vivir
hacia ellas. Debe rehusarse el monopolio de los ideales y cuantos lo
reclaman en nombre de escuelas filosóficas, sistema de moral, credos de
religión, fanatismo de secta o dogma de estética.
El "idealismo" no es
privilegio de las doctrinas espiritualistas que desearían oponerlo al
"materialismo", llamando así, despectivamente, a todas las demás; ese
equívoco, tan explotado por los enemigos de las Ciencias -tenidas justamente
como hontanares de Verdad y de Libertad-, se duplica al sugerir que la
materia es la antítesis de la idea, después de confundir al ideal con la
idea y a ésta con el espíritu, como entidad trascendente y ajena al mundo
real. Se trata, visiblemente, de un juego de palabras, secularmente repetido
por sus beneficiarios, que transportan a las doctrinas filosóficas el
sentido que tienen los vocablos idealismo y materialismo en el orden moral.
El anhelo de perfección en el conocimiento de la Verdad puede animar con
igual ímpetu al filósofo monista y al dualista, al teólogo y al ateo, al
estoico y al pragmatista.
El particular ideal
de cada uno concurre al ritmo total de la perfección posible, antes que
obstar al esfuerzo similar de los demás.
Y es más estrecha,
aún, la tendencia a confundir el idealismo, que se refiere a los ideales,
con las tendencias metafísicos que así se denominan porque consideran a las
"ideas" más reales que la realidad misma, o presuponen que ellas son la
realidad única, forjada por nuestra mente, como en el sistema hegeliano.
"Ideólogos" no puede ser sinónimo de "idealistas", aunque el mal uso induzca
a creerlo.
No podríamos
restringirlo al pretendido idealismo de ciertas escuelas estéticas, porque
todas las maneras del naturalismo y del realismo pueden constituir un ideal
de arte, cuando sus sacerdotes son Miguel Ángel, Ticiano, Flaubert o Wagner;
el esfuerzo imaginativo de los que persiguen una ideal armonía de ritmos, de
colores, de líneas o de sonidos, se equivale, siempre que su obra
transparente un modo de belleza o una original personalidad.
No le confundiremos,
en fin, con cierto idealismo ético que tiende a monopolizar el culto de la
perfección en favor de alguno de los fanatismos religiosos predominantes en
cada época, pues sobre no existir un único e inevitable. Bien ideal,
difícilmente cabría en los catecismos para mentes obtusas. El esfuerzo
individual hacia la virtud puede ser tan magníficamente concebido y
realizado por el peripatético como por el cirenaico, por el cristiano como
por el anarquista, por el filántropo como por el epicúreo, pues todas las
teorías filosóficas son igualmente incompatibles con la aspiración
individual hacia el perfeccionamiento humano. Todos ellos pueden ser
idealistas, si saben iluminarse en su doctrina; y en todas las doctrinas
pueden cobijarse dignos y buscavidas, virtuosos y sin vergüenza. El anhelo y
la posibilidad de la perfección no es patrimonio de ningún. credo: recuerda
el agua de aquella fuente, citada por Platón, que no podía contenerse en
ningún vaso.
La experiencia, sólo
ella, decide sobre la legitimidad de los ideales, en cada tiempo y lugar. En
el curso de la vida social se seleccionan naturalmente; sobreviven los más
adaptados, los que mejor prevén el sentido de la evolución; es decir, los
coincidentes con el perfecciona miento efectivo. Mientras la experiencia no
da su fallo, todo ideal es respetable, aunque parezca absurdo. Y es útil por
su fuerza de contraste; si es falso muere solo, no daña. Todo ideal, por ser
una creencia, puede contener una parte de error, o serlo totalmente; es una
visión remota y, por lo tanto, expuesta a ser inexacta. Lo único malo es
carecer de ideales y esclavizarse a las contingencias de la vida práctica
inmediata, renunciando a la posibilidad de la perfección moral.
Cuando un filósofo
enuncia ideales, para el hombre o para la sociedad, su comprensión inmediata
es tanto más difícil cuanto más se elevan sobre los prejuicios y el
palabrismo convencionales en el ambiente que le rodea; lo mismo ocurre con
la verdad del sabio y con el estilo del poeta. La sanción ajena es fácil
para lo que concuerda con rutinas secularmente practicadas; es difícil
cuando la imaginación no pone mayor originalidad en el concepto o en la
forma.
Ese desequilibrio
entre la perfección concebible y la realidad practicable, estriba en la
naturaleza misma de la imaginación, rebelde al tiempo y al espacio. De ese
contraste legítimo no se infiere que los ideales lógicos, estéticos o
morales deban ser contradictorios entre sí, aunque sean heterogéneos y
marquen el paso a desigual compás, según los tiempos: no hay una Verdad
amoral o fea, ni fue nunca la Belleza absurda o nociva, ni tuvo el Bien sus
raíces en el error o la desarmonía.
De otro modo
concebiríamos perfecciones imperfectas.
Los caminos de
perfección son convergentes. Las formas infinitas del ideal son
complementarias: jamás contradictorias, aunque lo parezca. Si el ideal de la
ciencia es la Verdad, de la moral el Bien y del arte la Belleza, formas
preeminentes de toda excelsitud, no se concibe que puedan ser antagonistas.
Los ideales están en
perpetuo devenir, como las formas de la realidad a que se anticipan. La
imaginación los construye observando la naturaleza, como un resultado de la
experiencia; pero una vez formados ya no están en ella, son anticipaciones
de ella, viven sobre ella para señalar su futuro. Y cuando la realidad
evoluciona hacia un ideal antes previsto, la imaginación se aparta
nuevamente de la realidad, aleja de ella al ideal, proporcionalmente. La
realidad nunca puede igualar al ensueño en esa perpetua persecución de la
quimera. El ideal es un "límite": toda realidad es una "dimensión variable"
que puede acercársele indefinidamente, sin alcanzarlo nunca. Por mucho que
lo "variable" se acerque a su "límite", se concibe que podría acercársele
más; sólo se confunden en el infinito.
Todo ideal es
siempre relativo a una imperfecta realidad presente.
No los hay
absolutos. Afirmarlo implicaría abjurar de su esencia misma, negando la
posibilidad infinita de la perfección. Erraban los viejos moralistas al
creer que en el punto donde estaba su espíritu en ese momento, convergían
todo el espacio y todo el tiempo; para la ética moderna, libre de esa grave
falacia, la relatividad de los ideales es un postulado fundamental. Sólo
poseen un carácter común: su permanente transformación hacia
perfeccionamientos ilimitados.
Es propia de gentes
primitivas toda moral cimentada en supersticiones y dogmatismos. Y es
contraria a todo idealismo, excluyente de todo ideal. En cada momento y
lugar la realidad varía; con esa variación se desplaza el punto de
referencia de los ideales. Nacen y mueren, convergen o se excluyen,
palidecen o se acentúan; son, también ellos, vivientes como los cerebros en
que germinan o arraigan, en un proceso sin fin. No habiendo un esquema final
e insuperable de perfección, tampoco lo hay de los ideales humanos. Se
forman por cambio incesante; evolucionan siempre; su palingenesia es eterna.
Esa evolución de los
ideales no sigue un ritmo uniforme en el curso de la vida social o
individual. Hay climas morales, horas, momentos, en que toda una raza, un
pueblo, una clase, un partido, una secta concibe un ideal y se esfuerza por
realizarlo. Y los hay en la evolución de cada hombre, aisladamente
considerado.
Hay también climas,
horas y momentos en que los ideales se murmuran apenas o se callan: la
realidad ofrece inmediatas satisfacciones a los apetitos y la tentación del
hartazgo ahoga todo afán de perfección.
Cada época tiene
ciertos ideales que presienten mejor el porvenir, entrevistos por pocos,
seguidos por el pueblo o ahogados por su indiferencia, ora predestinados a
orientarlo como polos magnéticos, ora a quedar latentes hasta encontrar la
gloria en momento y clima propicio.
Y otros ideales
mueren, porque son creencias falsas: ilusiones que el hombre se forja acerca
de si mismo o quimeras verbales que los ignorantes persiguen dando manotadas
en la sombra.
Sin ideales sería
inexplicable la evolución humana. Los hubo y los habrá siempre. Palpitan
detrás de todo esfuerzo magnífico realizado por un hombre o por un pueblo.
Son faros sucesivos en la evolución mental de los individuos y de las razas.
La imaginación los enciende sobrepasando continuamente a la experiencia,
anticipándose a sus resultados. Ésa es la ley del devenir humano: los
acontecimientos, yermos de suyo para la mente humana, reciben vida y calor
de los ideales, sin cuya influencia yacerían inertes y los siglos serían
mudos.
Los hechos son
puntos de partida; los ideales son faros luminosos que de trecho en trecho
alumbran la ruta. La historia de la civilización muestra una infinita
inquietud de perfecciones, que grandes hombres presienten, anuncian o
simbolizan. Frente a esos heraldos, en cada momento de la peregrinación
humana se advierte una fuerza que obstruye todos los senderos: la
mediocridad, que es una incapacidad de ideales.
Así concebido,
conviene reintegrar el idealismo en toda futura filosofía científica. Acaso
parezca extraño a los que usan palabras sin definir su sentido y a los que
temen complicarse en las logomaquias de los verbalistas.
Definido con
claridad, separado de sus malezas seculares, será siempre el privilegio de
cuantos hombres honran, por sus virtudes, a la especie humana. Como doctrina
de la perfectibilidad, superior a toda afirmación dogmática, el idealismo
ganará, ciertamente. Tergiversado por los miopes y los fanáticos, se rebaja.
Yerran los que miran al pasado, poniendo el rumbo hacia prejuicios muertos y
vistiendo al idealismo con andrajos que son su mortaja; los ideales viven de
la Verdad, que se va haciendo; ni puede ser vital ninguno que lo contradiga
en su punto del tiempo. Es ceguera oponer la imaginación de lo futuro a la
experiencia de lo presente, el Ideal a la Verdad, como si conviniera apagar
las luces del camino para no desviarse de la meta. Es falso; la imaginación
y la experiencia van de la mano. Solas, no andan.
Al idealismo
dogmático que los antiguos metafísicos pusieron en las "ideas" absolutas y
apriorísticas, oponemos un idealismo experimental que se refiere a los
"ideales" de perfección, incesantemente renovados, plásticos, evolutivos
como la vida misma.
II
LOS TEMPERAMENTOS IDEALISTAS
Ningún Dante podría
elevar a Gil Bles. Sancho y Tartufo hasta el rincón de su paraíso donde
moran Cyrano, Quijote y Stockmann. Son dos mundos morales, dos razas, dos
temperamentos: Sombras y Hombres. Seres desiguales no pueden pensar de igual
manera. Siempre habrá evidente contraste entre el servilismo y la dignidad,
la torpeza y el genio, la hipocresía y la virtud. La imaginación dará a unos
el impulso original hacia lo perfecto; la imitación organizará en otros los
hábitos colectivos. Siempre habrá, por fuerza, idealistas y mediocres.
El perfeccionamiento
humano se efectúa con ritmo diverso en las sociedades y en los individuos.
Los más poseen una experiencia sumisa al pasado: rutinas, prejuicios,
domesticidades. Pocos elegidos varían, avanzando sobre el porvenir; al revés
de Anteo, que tocando el suelo cobraba alientos nuevos, los toman clavando
sus pupilas en las constelaciones lejanas y de apariencia inaccesible. Esos
hombres, predispuestos a emanciparse de su rebaño, buscando alguna
perfección más allá de lo actual, son los "idealistas". La unidad del género
no depende del contenido intrínseco de sus ideales sino de su temperamento:
se es idealista persiguiendo las quimeras más contradictorias, siempre que
ellas impliquen un sincero afán de enaltecimiento. Cualquiera. Los espíritus
afiebrados por algún ideal son adversarios de la mediocridad: soñadores
contra los utilitarios, entusiastas contra los apáticos, generosos contra
los calculistas, indisciplinados contra los dogmáticos. Son alguien o algo
contra los que no son nadie ni nada. Todo idealista es un hombre
cualitativo: posee un sentido de las diferencias que le permite distinguir
entre lo malo que observa, y lo mejor que imagina. Los hombres sin ideales
son cuantitativos; pueden apreciar el más y el menos, pero nunca distinguen
lo mejor de lo peor.
Sin ideales sería
inconcebible el progreso. El culto del "hombre práctico", limitado a las
contingencias del presente, importa un renunciamiento. a toda imperfección.
El hábito organiza la rutina y nada crea hacia el porvenir; sólo de los
imaginativos espera la ciencia sus hipótesis, el arte su vuelo, la moral sus
ejemplos, la historia sus páginas luminosas. Son la parte viva y dinámica de
la humanidad; los prácticos no han hecho más que aprovecharse de su
esfuerzo, vegetando en la sombra. Todo porvenir ha sido una creación de los
hombres capaces de presentirlo, concretándolo en infinita sucesión de
ideales. Más ha hecho la imaginación construyendo sin tregua, que el cálculo
destruyendo sin descanso. La excesiva prudencia de los mediocres ha
paralizado siempre las iniciativas más fecundas. Y no quiere esto decir que
la imaginación excluya la experiencia: ésta es útil, pero sin aquélla es
estéril. Los idealistas aspiran a conjugar en su mente la inspiración y la
sabiduría; por eso, con frecuencia, viven trabados por su espíritu crítico
cuando los caldea una emoción lírica y ésta les nubla la vista cuando
observan la realidad. Del equilibrio entre la inspiración y la sabiduría
nace el genio. En las grandes horas de una raza o de un hombre, la
inspiración es indispensable para crear; esa chispa se enciende en la
imaginación y la experiencia la convierte en hoguera. Todo idealismo es, por
eso, un afán de cultura intensa: cuenta entre sus enemigos más audaces a la
ignorancia, madrastra de obstinadas rutinas.
La humanidad no
llega hasta donde quieren los idealistas en cada perfección particular; pero
siempre llega más allá de donde habría ido sin su esfuerzo. Un objetivo que
huye ante ellos conviértese en estímulo para perseguir nuevas quimeras. Lo
poco que pueden todos, de pende de lo mucho que algunos anhelan. La
humanidad no poseería sus bienes presentes si algunos idealistas no los
hubieran conquistado viviendo con la obsesiva aspiración de otros mejores.
En la evolución
humana, los ideales mantiénense en equilibrio inestable. Todo mejoramiento
real es precedido por conatos y tanteos de pensadores audaces, puestos en
tensión hacia él, rebeldes al pasado, aunque sin la intensidad necesaria
para violentarlo; esa lucha es un reflujo perpetuo entre lo más concebido y
lo menos realizado. Por eso los idealistas son forzosamente inquietos, como
todo lo que vive, como la vida misma; contra la tendencia apacible de los
rutinarios, cuya estabilidad parece inercia de muerte. Esa inquietud se
exacerba en los grandes hombres, en los genios mismos si el medio es hostil
a sus quimeras, como es frecuente. No agita a los hombres sin ideales,
informe argamasa de humanidad.
Toda juventud es
inquieta. El impulso hacia lo mejor sólo puede esperarse de ella: jamás de
los enmohecidos y de los seniles. Y sólo es juventud la sana e iluminada, la
que mira al frente y no a la espalda; nunca los decrépitos de pocos años,
prematuramente domesticados por las supersticiones del pasado: lo que en
ellos parece primavera es tibieza otoñal, ilusión de aurora que es ya un
apagamiento de crepúsculo. Sólo hay juventud en los que trabajan con
entusiasmo para el porvenir; por eso en los caracteres excelentes puede
persistir sobre el apeñuscarse de los años.
Nada cabe esperar de
los hombres que entran a la vida sin afiebrarse por algún ideal; a los que
nunca fueron jóvenes, paréceles descarriado todo ensueño. Y no se nace
joven: hay que adquirir la juventud.
Y sin un ideal no se
adquiere.
Los idealistas
suelen ser esquivos o rebeldes a los dogmatismos sociales que los oprimen.
Resisten la tiranía del engranaje nivelador, aborrecen toda coacción,
sienten el peso de los honores con que se intenta domesticarlos y hacerlos
cómplices de los intereses creados, dóciles- maleables, solidarios,
uniformes en la común mediocridad.
Las fuerzas
conservadoras que componen el subsuelo social pretenden amalgamar a los
individuos, decapitándolos; detestan las diferencias, aborrecen las
excepciones, anatematizan al que se aparta en busca de su propia
personalidad. El original, el imaginativo, el creador no teme sus odios: los
desafía, aun sabiéndolos terribles porque son irresponsables. Por eso todo
idealista es una viviente afirmación del individualismo, aunque persiga una
quimera social; puede vivir para los demás, nunca de los demás. Su
independencia es una reacción hostil a todos los dogmáticos. Concibiéndose
incesantemente perfectibles, los temperamentos idealistas quieren decir en
todos los momentos de su vida, como Don Quijote: "yo sé quién soy". Viven
animados de ese afán afirmativo. En sus ideales cifran su ventura suprema y
su perpetua desdicha. En ellos caldean la pasión. que anima su fe; ésta, al
estrellarse contra la realidad social, puede parecer desprecio, aislamiento,
misantropía: la clásica "torre de marfil" reprochada a cuantos se erizan al
contacto de los obtusos. Diríase que de ellos dejó escrita una eterna imagen
Teresa de Ávila: "Gusanos de seda somos, gusanillos que hilamos la seda de
nuestras vidas y en el capullito de la seda nos encerramos para que el
gusano muera y del capullo salga volando la mariposa".
Todo idealismo es
exagerado, necesita serlo. Y debe ser cálido su idioma, como si desbordara
la personalidad sobre lo impersonal; el pensamiento sin calor es muerto,
frío, carece de estilo, no tiene firma.
Jamás fueron tibios
los genios, los santos y los héroes. Para crear una partícula de Verdad, de
Virtud o de Belleza, se requiere un esfuerzo original y violento contra
alguna rutina o prejuicio; como para dar una lección de dignidad hay que
desgoznar algún servilismo. Todo ideal es, instintivamente, extremoso; debe
serlo a sabiendas, si es menester, pues pronto se rebaja al refractarse en
la mediocridad de los más.
Frente a los
hipócritas que mienten con viles objetivos, la exageración de los idealistas
es, apenas, una verdad apasionada. La pasión es su atributo necesario, aun
cuando parezca desviar de la verdad; lleva a la hipérbole, al error mismo; a
la mentira nunca. Ningún ideal es falso para quien lo profesa: lo cree
verdadero y coopera a su advenimiento, con fe, con desinterés. El sabio
busca la Verdad por buscarla y goza arrancando a la naturaleza secretos para
él inútiles o peligrosos. Y el artista busca también la suya, porque la
Belleza es una verdad animada por la imaginación, más que por la
experiencia. Y el moralista la persigue en el Bien, que es una recta lealtad
de la conducta para consigo mismo y para con los demás. Tener un ideal es
servir a su propia Verdad. Siempre.
Algunos ideales se
revelan como pasión combativa y otros como pertinaz obsesión; de igual
manera distínguense dos tipos de idealistas, según predomine en ellos el
corazón o el cerebro. El idealismo sentimental es romántico: la imaginación
no es inhibida por la crítica y los ideales viven de sentimiento. En el
idealismo experimental los ritmos afectivos son encarrilados por la
experiencia y la crítica coordina la imaginación: los ideales tórnanse
reflexivos y serenos. Corresponde el uno a la juventud y el otro a la
madurez. El primero es adolescente, crece, puja y lucha; el segundo es
adulto, se fija, resiste, vence.
El idealista
perfecto sería romántico a los veinte años y estoico a los cincuenta; es tan
anormal el estoicismo en la juventud como el romanticismo en la edad madura.
Lo que al principio enciende su pasión, debe cristalizarse después en
suprema dignidad: ésa es la lógica de su temperamento.
III. EL
IDEALISMO ROMÁNTICO
Los idealistas
románticos son exagerados porque son insaciables.
Sueñan lo más para
realizar lo menos; comprenden que todos los ideales contienen una partícula
de utopía y pierden algo al realizarse: de razas o de individuos, nunca se
integran como se piensan. En pocas cosas el hombre puede llegar al Ideal que
la imaginación señala: su gloria está en marchar hacia él, siempre
inalcanzado e inalcanzable.
Después de iluminar su
espíritu con todos los resplandores de la cultura humana, Goethe muere
pidiendo más luz; y Musset quiere amar incesantemente después de haber
amado, ofreciendo su vida por una caricia y su genio por un beso. Tonos los
románticos parecen preguntarse, con el poeta: "¿Por qué no es infinito el
poder humano, como el deseo?" Tienen una curiosidad de mil ojos, siempre
atenta para no perder la más imperceptible titilación del mundo que la
solicita. Su sensibilidad es aguda, plural, caprichosa, artista, como si los
nervios hubieran centuplicado su impresionabilidad. Su gesto sigue
prontamente el camino de las nativas inclinaciones: entre diez partidos
adoptan aquel subrayado por el latir más intenso de su corazón. Son
dionisiacos. Sus aspiraciones se traducen por esfuerzos activos sobre el
medio social o por una hostilidad contra todo lo que se opone a sus
corazonadas y ensueños. Construyen sus ideales sin conceder nada a la
realidad, rehusándose al contralor de la experiencia, agrediéndola si ella
los contraría. Son ingenuos y sensibles, fáciles de conmoverse, accesibles
al entusiasmo y a la ternura; con esa ingenuidad sin doblez que los hombres
prácticos ignoran. Un minuto les basta para decidir de toda una vida. Su
idea cristaliza en firmezas inequívocas cuando la realidad los hiere con más
saña.
Todo romántico está
por Don Quijote contra Sancho, por Cyrano contra Tartufo, por Stockmann
contra Gil Blas; por cualquier ideal contra toda mediocridad. Prefiere la
flor al fruto, presintiendo que éste no podría existir jamás sin aquélla.
Los temperamentos acomodaticios saben que la vida guiada por el interés
brinda provechos materiales; los románticos creen que la suprema dignidad se
incuba en el ensueño y la pasión. Para ellos un beso de tal mujer vale más
que cien tesoros de Golconda.
Su elocuencia está
en su corazón: disponen de esas "razones que la razón ignora", que decía
Pascal. En ellas estriba el encanto irresistible de los Musset y los Byron:
su estuosidad apasionada nos estremece, ahoga como si una garra apretara el
cuello, sobresalta las venas, humedece los párpados, entrecorta el aliento.
Sus heroínas y sus protagonistas pueblan los insomnios juveniles, como si
los describieran con una vara mágica entintada en el cáliz de una poetisa
griega: Safo, por caso, la más lírica. Su estilo es de luz y de color,
siempre encendido, ardiente a veces. Escriben como hablan los temperamentos
apasionados, con esa elocuencia de las voces enronquecidas por un deseo o
por un exceso, esa "voce calda" que enloquece a las mujeres finas y hace un
Don Juan de cada amador romántico. Son ellos los aristócratas del amor, con
ellos sueñan todas las Julietas e Isoldas. En vano se confabulan en su
contra las embozadas hipocresías mundanas; los espíritus zafios desearían
inventar una balanza para pesar la utilidad inmediata de sus inclinaciones.
Como no la poseen, renuncian a seguirlas.
El hombre incapaz de
alentar nobles pasiones esquiva el amor como si fuera un abismo; ignora que
él acrisola todas las virtudes y es el más eficaz de los moralistas. Vive y
muere sin haber aprendido a amar. Caricaturiza a este sentimiento guiándose
por las sugestiones de sórdidas conveniencias. Los demás le eligen primero
las queridas y le imponen después la esposa. Poco le importa la fidelidad de
las primeras, mientras le sirvan de adorno; nunca exige inteligencia en la
otra, si es un escalón en su mundo. Musset le parece poco serio y encuentra
infernal a Byron; habría quemado a Jorge Sand y la misma Teresa de Avila
resúltale un poco exagerada. Se persigna si alguien sospecha que Cristo pudo
amar a la pecadora de Magdala. Cree firmemente que Werther, Joselyn, Mimí,
Rolla y Manón son símbolos del mal, creados por la imaginación de artistas
enfermos. Aborrece la pasión honda y sentida, detesta los) manticismos
sentimentales. Prefiere la compra tranquila a la conquista comprometedora.
Ignora las supremas virtudes del amor, que es ensueño, anhelo, peligro, toda
la imaginación convergiendo al embellecimiento del instinto, y no simple
vértigo brutal de los sentidos.
En las eras de
rebajamiento, cuando está en su apogeo la mediocridad, los idealistas se
alinean contra los dogmatismos sociales, sea cual fuere el régimen
dominante. Algunas veces, en nombre del romanticismo político, agitan un
ideal democrático y humano. Su amor a todos los que sufren es justo encono
contra los que oprimen su propia individualidad. Diríase que llegan hasta
amar a las víctimas para protestar contra el verdugo indigno; pero siempre
quedan fuera de toda hueste, sabiendo que en ella puede incubarse una
coyunda para el porvenir.
En todo lo
perfectible cabe un romanticismo; su orientación varía con los tiempos y con
las inclinaciones. Hay épocas en que más florece, como en las horas de
reacción que siguieron al sacudimiento libertario de la revolución francesa.
Algunos románticos se creen providenciales y su imaginación se revela por un
misticismo constructivo, como en Fourier y Lamennais, precedidos por
Rousseau, que fue un Marx calvinista, y seguidos por Marx, que fue un
Rousseau judío.
En otros, el lirismo
tiende, como en Byron y Ruskin, a convertirse en religión estática. En
Mazzini y Kossouth toma color político. Habla en tono profético y
trascendente por boca de Lamartine y de Hugo. En Stendhal acosa con ironía
los dogmatismos sociales y en Vigny los desdeña amargamente. Se duele en
Musset y desespera en Amiel. Fustiga a la mediocridad con Flaubert y Barbey
d'Aurevilly. Y en otros conviértese en rebelión abierta contra todo lo que
amengua y domestica al individuo, como en Émerson, Stirner, Guyau, lbsen o
Nietzsche.
V EL
IDEALISMO ESTOICO
Las rebeldías
románticas son embotadas por la experiencia: ella enfrena muchas
impetuosidades falaces y da a los ideales más sólida firmeza. Las lecciones
de la realidad no matan al idealista: lo educan.
Su afán de
perfección tórnase más centrípeto y digno, busca los caminos propicios,
aprende a salvar las asechanzas que la mediocridad le tiende. Cuando la
fuerza de las cosas se sobrepone a su personal inquietud y los dogmatismos
sociales cohiben sus esfuerzos por enderezarlos, su idealismo tórnase
experimental. No puede doblar la realidad a sus ideales, pero los defiende
de ella, procurando salvarlos de toda mengua o envilecimiento. Lo que antes
se proyectaba hacia afuera, polarizase en el propio esfuerzo, se
interioriza. "Una gran vida escribió Vigny- es un ideal de la juventud
realizado en la edad madura". Es inherente a la primera ilusión de imponer
sus ensueños, rompiendo las barreras que les opone la realidad; cuando la
experiencia advierte que la mole no cae, el idealista atrincherándose en
virtudes intrínsecas, custodiando sus ideales, realizándolos en alguna
medida, sin que la solidaridad pueda conducirle nunca a torpes
complicidades.
El idealismo
sentimental y romántico se transforma en idealismo experimental y estoico;
la experiencia regula la imaginación haciéndolo ponderado y reflexivo. La
serena armonía clásica reemplaza a la pujanza impetuosa: el Idealismo
dionisiaco se convierte en Idealismo apolíneo.
Es natural que así
sea. Los romanticismos no resisten a la experiencia crítica: si duran hasta
pasados los límites de la juventud, su ardor no equivale a su eficiencia.
Fue error de Cervantes la avanzada edad en que Don Quijote emprende la
persecución de su quimera. Es más lógico Don Juan, casándose a la misma
altura en que Cristo muere; los personajes que Mürger creó en la vida
bohemia, detiénense en ese limbo de la madurez. No puede ser de otra manera.
La acumulación de los contrastes acaba por coordinar la imaginación,
orientándola sin rebajarla.
Y si el idealista es
una mente superior, su ideal asume formas definitivas: plasma la Verdad, la
Belleza o la Virtud en crisoles más perennes, tiende a fijarse y durar en
obras. El tiempo lo consagra y su esfuerzo tórnase ejemplar. La posteridad
lo juzga clásico. Toda clasicidad proviene de una selección natural entre
ideales que fueron en su tiempo románticos y que han sobrevivido a través de
los siglos.
Pocos soñadores
encuentran tal clima y tal ocasión que les encumbren a la genialidad. Los
más resultan exóticos e inoportunos; los sucesos cuyo determinismo no pueden
modificar, esteriliza sus esfuerzos. De ahí cierta aquiescencia a las cosas
que no dependen del propio mérito, la tolerancia de toda indesvariable
fatalidad. Al sentir la coerción exterior no se rebajan ni contaminan: se
apartan, se refugian en sí mismos para encumbrarse en la orilla desde donde
miran el fangoso arroyo que corre murmurando, sin que en su murmullo se oiga
un grito.
Son los jueces de su
época: ven de dónde viene y cómo corre el turbión encenagado. Descubren a
los omisos que se dejan opacar por el limo, a los que persiguen esos
encumbramientos falaces reñidos con el mérito y con la justicia.
El idealista estoico
mantiénese hostil a su medio, lo mismo que el romántico. Su actitud es de
abierta resistencia a la mediocridad organizada, resignación desdeñosa o
renunciamiento altivo, sin compromisos.
Impórtale poco
agredir el mal que consienten los otros; más le sirve estar libre para
realizar toda perfección que sólo depende de su propio esfuerzo. Adquiere
una "sensibilidad individualista" que no es egoísmo vulgar ni desinterés por
los ideales que agitan a la sociedad en que vive. Son notorias las
diferencias entre el individualismo doctrinario y el sentimiento
individualista; el uno es teoría y el otro es actitud. En Spencer, la
doctrina individualista se acompaña de sensibilidad social; en Bakunin, la
doctrina social coexiste con una sensibilidad individualista. Es cuestión de
temperamento y no de ideas; aquél es la base del carácter. Todo
individualismo, como actitud, es una revuelta contra los dogmas y los
valores falsos respetados en las mediocracias; revela energías anhelosas de
esparcirse, contenidas por mil obstáculos opuestos por el espíritu gregario.
El temperamento individualista llega a negar el principio de autoridad, se
substrae a los prejuicios, desacata cualquiera imposición, desdeña las
jerarquías independientes del mérito. Los partidos, sectas y facciones le
son indiferentes por igual, mientras no descubre en ellos ideales
consonantes con los suyos propios. Cree más en las virtudes firmes de los
hombres que en la mentira escrita de los principios teóricos; mientras no se
reflejan en las costumbres las mejores leyes de papel no modifican la
tontería de quienes las admiran ni el sufrimiento de quienes las aguantan.
La ética del
idealista estoico difiere radicalmente de esos individualismos sórdidos que
reclutan las simpatías de los egoístas. Dos morales esencialmente distintas
pueden nacer de la estimación de sí mismo. El digno elige la elevada, la de
Zenón o la de Epicuro; el mediocre opta siempre por la inferior y se
encuentra con Aristipo. Aquél se refugia en sí para acrisolarse; éste se
ausenta de los demás para zambullirse en la sombra. El individualismo es
noble si un ideal lo alienta y lo eleva; sin ideal, es una caída a más bajo
nivel que la mediocridad misma.
En la Cirenaica
griega, cuatro siglos antes del evo cristiano, Aristipo anunció que la única
regla de la vida era el placer máximo, buscado por todos los medios, como si
la naturaleza dictara al hombre el hartazgo de los sentidos y la ausencia de
ideal. La sensualidad erigida en sistema, llevaba al placer tumultuoso, sin
seleccionarlo. Llegaron los cirenaicos a despreciar la vida misma; sus
últimos pregoneros encomiaron el suicidio. Tal ética, practicada
instintivamente por los escépticos y los depravados de todos los tiempos, no
fue lealmente erigida en sistema después de entonces. El placer -como simple
sensualidad cuantitativa- es absurdo e imprevisor; no puede sustentar una
moral. Sería erigir a los sentidos en jueces. Deben ser otros. ¿Estaría la
felicidad en perseguir un interés bien ponderado? Un egoísmo prudente y
cualitativo, que elija y calcule, reemplazaría a los apetitos ciegos. En vez
del placer basto tendríase el deleite refinado, que prevé, coordina,
prepara, goza antes e infinitamente más, pues la inteligencia gusta de
centuplicar los goces futuros con sabias alquimias de preparación. Los
epicúreos se apartan ya del cirenaísmo. Aristipo refugiaba la dicha en los
burdos goces materiales; Epicuro la encumbra a la mente, la idealiza por la
imaginación. Para aquél valen todos los placeres y se buscan de cualquier
manera, desatados sin freno; para éste, deben ser elegidos y dignificados
por un sello de armonía. La originaria moral de Epicuro es toda
refinamiento: su creador vivió una vida honorable y pura. Su ley fue buscar
la dicha y huir del dolor, prefiriendo las cosas que dejan un saldo a favor
de la primera. Esa aritmética de las emociones no es incompatible con la
dignidad, el ingenio y la virtud, que son perfecciones ideales; permite
cultivarlas, si en ellas puede encontrarse una fuente de placer.
Es en otra moral
helénica, sin embargo, donde encuentra sus moldes perfectos el idealismo
experimental. Zenón dio ala humanidad una suprema doctrina de virtud
heroica. La dignidad se identifica con el ideal; no conoce la historia más
bellos ejemplos de conducta. Séneca, digno de la corte del propio Nerón,
además de predicar con arte exquisito su doctrina, la aplicó con bello
coraje en la hora extrema. Solamente Sócrates murió mejor que él, y ambos
más dignamente que Jesús. Son las tres grandes muertes de la historia.
La dignidad estoica
tuvo su apóstol en Epicteto. Una convincente elocuencia de sofista caldeaba
su palabra de liberto. Vivió como el más humilde, satisfecho con lo que
tenía. durmiendo en casa sin puertas.
entregado a meditar
y educar, hasta el decreto que proscribió de Roma a los filósofos. Enseñó a
distinguir, en toda cosa, lo que depende y lo que no depende de nosotros. Lo
primero nadie puede cohibirlo; lo demás está subordinado a fuerzas extrañas.
Colocar el Ideal en lo que depende de nosotros y ser indiferente a lo demás:
he ahí una fórmula para el idealismo i experimental.
Es desdeñable todo
lo que suele desear o temer el egoísta. Si las resistencias en el camino de
la perfección dependen de otros, conviene hacer de ellas caso omiso, como si
no existiesen, y redoblar el esfuerzo enaltecedor. Ningún contratiempo
material desvía al idealista. Si deseara influir de inmediato sobre cosas
que de él no dependen, encontraría obstáculos en todas partes; contra esa
hostilidad de su ambiente sólo puede rebelarse con la imaginación, mirando
cada vez más hacia su interior. El que sirve a un ideal, vive de él; nadie
le forzará a soñar lo que no quiere ni le impedirá ascender hacia su sueño.
Esta moral no es una
contemplación pasiva; renuncia solamente a participar del alma. Su
asentimiento a lo inevitable no es apatía ni inercia. Apartarse no es morir;
es, simplemente, esperar la posible hora de hacer, apresurándola con la
predicación o con el ejemplo. Si la hora llega, puede ser afirmación
sublime, como lo fue en Marco Aurelio, nunca igualado en regir destinos de
pueblos: sólo él pudo inspirar las páginas más hondas de Renán y las más
líricas de Paul de Saint-Victor.
Delicado y
penetrante, su estoicismo fue más propicio para templar caracteres que para
consolar corazones. Con él alcanzó el pensamiento antiguo su más tranquila
nobleza. Entre perversos e ingratos que la circuían, enseñó a dar sus
racimos, como la viña, sin reclamar precio alguno, preparándose para cargar
otros en la vendimia futura. Los idealistas estoicos son hombres de su
estirpe: diríase que ignoran el bien que hacen a sus propios enemigos.
Cuando arrecia el encanallamiento de los domesticados, cuando más sofocante
tórnase el clima de las mediocracias, ellos crean un nuevo ambiente moral
sembrando ideales: una nueva generación, aprendiendo a amarlos, se
ennoblece.
Frente a las
burguesías afiebradas por remontar el nivel del bienestar material ignorando
que su mayor miseria es la falta de cultura-, ellos concentran sus esfuerzos
para aquilatar el respeto de las cosas del espíritu y el culto de todas las
originalidades descollantes. Mientras la vulgaridad obstruye las vías del
genio, de la santidad y del heroísmo, ellos concurren a restituirlas,
mediante la sugestión de ideales, preparando el advenimiento de esas horas
fecundas que caracterizan la resurrección de las razas: el clima del genio.
Toda ética idealista
transmuta los valores y eleva el rango del mérito; las virtudes y los vicios
trocan sus matices, en más o en menos, creando equilibrios nuevos. Ésa es,
en el fondo, la obra de los moralistas: su originalidad está en cambios de
tono que modifican las perspectivas de un cuadro cuyo fondo es casi
imperturbable. Frente a la chatura común, que empuja a ser vulgares, los
caracteres dignos afirman con vehemencia su ideal. Una mediocracia sin
ideales -como un individuo o un grupo- es vil y escéptica, cobarde: contra
ella cultivan hondos anhelos de perfección. Frente a la ciencia hecho
oficio, la Verdad como un culto; frente a la honestidad de conveniencia, la
Virtud desinteresada; frente al arte lucrativo de los funcionarios, la
Armonía inmarcesible de la línea, de la forma y del color; frente a las
complicidades de la política mediocrática, las máximas expansiones del
Individuo dentro de cada sociedad. Cuando los pueblos se domestican y
callan, los grandes forjadores de ideales levantan su voz. Una ciencia, un
arte, un país, una raza, estremecidos por su eco, pueden salir de su cauce
habitual. El Genio es un guión que pone el destino entre dos párrafos de la
historia. Si aparece en los orígenes, crea o funda; si en los
resurgimientos, transmuta o desorbita. En ese instante remontan su vuelo
todos los espíritus superiores, templándose en pensamientos altos y para
obras perennes.
VI
SÍMBOLO
En el vaivén eterno de
las eras, el porvenir es siempre de los visionarios. La interminable
contienda entre el idealismo y la mediocridad tiene su símbolo: no pudo
Cellini clavarlo en más digno sitio que la maravillosa plaza de Florencia.
Nunca mano de orfebre plasmó un concepto más sublime. Perseo exhibiendo la
cabeza de Medusa, cuyo cuerpo agitase en contorsiones de reptil bajo sus
pies alados. Cuando los temperamentos idealistas se detienen ante el
prodigio de Benvenuto, anímase el metal, revive su fisonomía, sus labios
parecen articular palabras perceptibles.
Y dice a los jóvenes
que toda brega por un Ideal es santa, aunque sea ilusorio el resultado; que
es loable seguir su temperamento y pensar con el corazón, si ello
contribuirá a crear una personalidad firme; que todo germen de romanticismo
debe alentarse, para enguirnaldar de aurora la única primavera que no vuelve
jamás.
Y a los maduros,
cuyas primeras canas salpican de otoño sus más vehementes quimeras,
instígalos a custodiar sus ideales bajo el palio de la más severa dignidad,
frente a las tentaciones que conspiran para encenagarlos en la Estigia donde
se abisman los mediocres.
Y en el gesto del
bronce parece que el Idealismo decapitara a la Mediocridad, entregando su
cabeza al juicio de los siglos.
CAPÍTULO I
EL HOMBRE MEDIOCRE
Cacciarli i ciel per
non esser men belli, Né lo profondo Inferno li riceve...
DANTE, Inferno,
Canto III.
EL HOMBRE MEDIOCRE
I ¿"Áurea Mediocritas"?
- II. Los hombres sin personalidad. III. En torno del hombre mediocre. -
IV. Concepto social de la mediocridad. - V. El espíritu conservador. - VI.
Peligros sociales de la mediocridad. - VII. La vulgaridad.
I
¿"ÁUREA MEDIOCRITAS"?
Hay cierta hora en que
el pastor ingenuo se asombra ante la naturaleza que le envuelve. La penumbra
se espesa, el color de las cosas se uniforma en el gris homogéneo de las
siluetas, la primera humedad crepuscular levanta de todas las hierbas un
vaho de perfume, aquiétase el rebaño para echarse a dormir, la remota
campana tañe su aviso vesperal. La impalpable claridad lunar se emblanquece
al caer sobre las cosas; algunas estrellas inquietan con su titilación el
firmamento y un lejano rumor de arroyo brincante en las breñas parece
conversar de misteriosos temas. Sentado en la piedra menos áspera que
encuentra al borde del camino, el pastor contempla y enmudece, invitado en
vano a meditar por la convergencia del sitio y de la hora. Su admiración
primitiva es simple estupor:. La poesía natural que le rodea, al reflejarse
en su imaginación, no se convierte en poema. Él es, apenas, un objeto en el
cuadro, una pincelada; un accidente en la penumbra. Para él todas las cosas
han sido siempre así y seguirán siéndolo, desde la tierra que pisa hasta el
rebaño que apacienta.
La inmensa masa de
los hombres piensa con la cabeza de ese ingenuo pastor; no entendería el
idioma de quien le explicara algún misterio del universo o de la vida, la
evolución eterna de todo lo conocido, la posibilidad de perfeccionamiento
humano en la continua adaptación del hombre a la naturaleza. Para concebir
una perfección se requiere cierto nivel ético y es indispensable alguna
educación intelectual. Sin ellos pueden tenerse fanatismos y supersticiones;
ideales, jamás.
Los que viven debajo
de ese nivel y no adquieren esa educación permanecen sujetos a dogmas que
otros les imponen, esclavos de fórmulas paralizadas por la herrumbre del
tiempo. Sus rutinas y sus prejuicios parécenles eternamente invariables; su
obtusa imaginación no concibe perfecciones pasadas ni venideras; el estrecho
horizonte de su experiencia constituye el límite forzoso de su mente No
pueden formarse un ideal. Encontraran en los ajeno: una chispa capaz de
encender sus pasiones; serán sectarios pueden serlo. Y no advertirán
siquiera la ironía de cuanto les invitan a arrebañarse en nombre de ideales
que pueden servir, no comprender. Todo ensueño seguido por muchedumbres,
sólo es pensado por pocos visionarios que sor sus amos.
La desigualdad
humana no es un descubrimiento moderno. Plutarco escribió, ha siglos, que
"los animales de una misma especie difieren menos entre si que unos hombres
de otros" (Obras morales, vol. ).
Montaigne suscribió
esa opinión: "Hay más distancia entre tal y tal hombre, que entre tal hombre
y tal bestia: es decir, que el más excelente animal está más próximo del
hombre menos inteligente, que este último de otro hombre grande y excelente"
(Ensayos, vol. I, cap. XLII).
No pretenden decir
más los que siguen afirmando la desigualdad humana: ella será en el porvenir
tan absoluta como en tiempos de Plutarco o de Montaigne.
Hay hombres
mentalmente inferiores al término -asedio de su raza, de su tiempo y de su
clase social; también los hay superiores. Entre unos y otros fluctúa una
gran masa imposible de caracterizar por inferioridades o excelencias.
Los psicólogos no
han querido ocuparse de estos últimos; el arte los desdeña por incoloros; la
historia no sabe sus nombres. Son poco interesantes; en vano buscaríase en
ellos la arista definida, la pincelada firme, el rasgo característico. De
igual desdén les cubren los moralistas; individualmente no merecen el
desprecio, que fustiga a los perversos, ni la apología, reservada a los
virtuosos.
Su existencia es,
sin embargo, natural y necesaria. En todo lo que ofrece grados hay
mediocridad; en la escala de la inteligencia humana ella representa el
claroscuro entre el talento y la estulticia.
No diremos, por eso,
que siempre es loable. Horacio no dijo aurea mediocritas en el sentido
general y absurdo que proclaman los incapaces de sobresalir por su ingenio,
por sus virtudes o por sus obras.
Otro fue el parecer
del poeta: poniendo en la tranquilidad y en la independencia el mayor
bienestar del hombre, enalteció los goces de un vivir sencillo que dista por
igual de la opulencia y la miseria, llamando áurea a esa mediocridad
material. En cierto sentido epicúreo, su sentencia es verdadera y confirma
el remoto proverbio árabe: "Un mediano bienestar tranquilo es preferible a
la opulencia llena de preocupaciones".
Inferir de ello que
la mediocridad moral, intelectual y de carácter es digna de respetuoso
homenaje, implica torcer la intención misma de Horacio: en versos memorables
(Ad Pis., ) menospreció a los poetas mediocres: Mediocribus esse poetis Non
di, non homines, non concessere columnae. Y es lícito extender su dicterio a
cuantos hombres lo son de espíritu. ¿Por qué subvertiríamos el sentido de
aurea mediocritas clásico? ¿Por qué suprimir desniveles entre los hombres y
las sombras, como si rebajando un poco a los excelentes y puliendo un poco a
los bastos se atenuaran las desigualdades creadas por la naturaleza? No
concebimos el perfeccionamiento social como un producto de la uniformidad de
todos los individuos, sino como la combinación armónica de originalidades
incesantemente multiplicadas, Todos los enemigos de la diferenciación vienen
a serlo del progreso; es natural, por ende, que consideren la originalidad
como un defecto imperdonable.
Los que tal
sentencian inclínanse a confundir el sentido común con el buen sentido, como
si enmarañando la significación de los vocablos quisieran emparentar las
ideas correspondientes. Afirmemos que son antagonistas. El sentido común es
colectivo, eminentemente retrógrado y dogmatista; el buen sentido es
individual, siempre innovador y libertario. Por la obsecuencia al uno o al
otro se reconocen la servidumbre y la aristocracia naturales. De esa
insalvable heterogeneidad nace la intolerancia de los rutinarios frente a
cualquier destello original; estrechan sus filas para defenderse, como si
fueran crímenes las diferencias. Esos desniveles son un postulado
fundamental de la psicología. Las costumbres y las leyes pueden establecer
derechos y deberes comunes a todos los hombres; pero éstos serán siempre tan
desiguales como las olas que erizan la superficie de un océano.
II
LOS HOMBRES SIN PERSONALIDAD
Individualmente
considerada, la mediocridad podrá definirse como una ausencia de
características personales que permitan distinguir al individuo en su
sociedad. Ésta ofrece a todos un mismo fardo de rutinas, prejuicios y
domesticidades; basta reunir cien hombres para que ellos coincidan en lo
impersonal: "Juntad mil genios en un Concilio y tendréis el alma de un
mediocre". Esas palabras denuncian lo que en cada hombre no pertenece a él
mismo y que, al sumarse muchos, se revela por el bajo nivel de las opiniones
colectivas.
La personalidad
individual comienza en el punto preciso donde cada uno se diferencia de los
demás; en muchos hombres ese punto es simplemente imaginario. Por ese
motivo, al clasificar los caracteres humanos, se ha comprendido la necesidad
de separar a los que carecen de rasgos característicos: productos
adventicios del medio, de las circunstancias, de la educación que se les
suministra, de las personas que los tutelan, de las cosas que los rodean.
"Indiferentes" ha llamado Ribot a los que viven sin que se advierta su
existencia. La sociedad piensa y quiere por ellos. No tienen voz, sino eco.
No hay líneas definidas ni en su propia sombra, que es, apenas, una
penumbra.
Cruzan el mundo a
hurtadillas, temerosos de que alguien pueda reprocharles esa osadía de
existir en vano, como contrabandistas de la vida.
Y lo son. Aunque los
hombres carecemos de misión trascendental sobre la tierra, en cuya
superficie vivimos tan naturalmente como la rosa y el gusano, nuestra vida
no es digna de ser vivida sino cuando la ennoblece algún ideal: los más
altos placeres son inherentes a proponerse una perfección y perseguirla. Las
existencias vegetativas no tienen biografía: en la historia de su sociedad
sólo vive el que deja rastros en las cosas o en los espíritus. La vida vale
por el uso que de ella hacemos, por las obras que realizamos. No ha vivido
más el que cuenta más años, sino el que ha sentido mejor un ideal; las canas
denuncian la vejez, pero no dicen cuánta juventud la precedió. La medida
social del hombre está en la duración de sus obras: la inmortalidad es el
privilegio de quienes las hacen sobrevivientes a los siglos, y por ellas se
mide.
El poder que se
maneja, los favores que se mendigan, el dinero que se amasa, las dignidades
que se consiguen, tienen cierto valor efímero que puede satisfacer los
apetitos del que no lleva en sí mismo, en sus virtudes intrínsecas, las
fuerzas morales que embellecen y califican la vida; la afirmación de la
propia personalidad y la cantidad de hombría puesta en la dignificación de
nuestro yo. Vivir es aprender, para ignorar menos; es amar, para vincularnos
a una parte mayor de humanidad; es admirar, para compartir las excelencias
de la naturaleza y de los hombres; es un esfuerzo por mejorarse, un
incesante afán de elevación hacia ideales definidos.
Muchos nacen; pocos
viven. Los hombres sin personalidad son innumerables y vegetan moldeados por
el medio, como cera fundida en el cuño social. Su moralidad de catecismo y
su inteligencia cuadriculada los constriñen a una perpetua disciplina del
pensar y de la conducta; su existencia es negativa como unidades sociales.
El hombre de fino
carácter es capaz de mostrar encrespamientos sublimes, como el océano; en
los temperamentos domesticados todo parece quieta superficie, como en las
ciénagas. La falta de personalidad hace, a éstos, incapaces de iniciativa y
de resistencia. Desfilan inadvertidos, sin aprender ni enseñar, diluyendo en
tedio su insipidez, vegetando en la sociedad que ignora su existencia: ceros
a la izquierda que nada califican y para nada cuentan. Su falta de robustez
moral háceles ceder a la más leve presión, sufrir todas las influencias,
altas y bajas, grandes y pequeñas, transitoriamente arrastrados a la altura
por el más leve céfiro o revolcados por la ola menuda de un arroyuelo.
Barcos de amplio
velamen, pero sin timón, no saben adivinar su propia ruta: ignoran si irán a
varar en una playa arenosa o a quedarse estrellados contra un escollo.
Están en todas
partes, aunque en vano buscaríamos uno solo que se reconociera; si lo
halláramos sería un original, por el simple hecho de enrolarse en la
mediocridad. ¿Quién no se atribuye alguna virtud, cierto talento o un firme
carácter? Muchos cerebros torpes se envanecen de su testarudez. confundiendo
la parálisis con la firmeza, que es don de pocos elegidos; los bribones se
jactan de su bigardía y desvergüenza, equivocándolas con el ingenio; los
serviles y los parapoco pavonéanse de honestas, como si la incapacidad del
mal pudiera en caso alguno confundirse con la virtud.
Si hubiera de
tenerse en cuenta la buena opinión que todos los hombres tienen de sí
mismos, sería imposible discurrir de los que se caracterizan por la ausencia
de personalidad. Todos creen tener una; y muy suya. Ninguno advierte que la
sociedad le ha sometido a esa operación aritmética que consiste en reducir
muchas cantidades a un denominador común: la mediocridad.
Estudiemos, pues, a
los enemigos de toda perfección, ciegos a los astros. Existe una vastísima
bibliografía acerca de los inferiores e insuficientes desde el criminal y el
delirante hasta el retardado y el idiota; hay también una rica literatura
consagrada a estudiar el genio y el talento, amén de que la historia y el
arte convergen a mantener su culto.
Unos y otros son,
empero, excepciones. Lo habitual no es el genio ni el idiota, no es el
talento ni el imbécil. El hombre que nos rodea a millares, el que prospera y
se reproduce en el silencio y en la tiniebla, es el mediocre.
Toca al psicólogo
disecar su mente con firme escalpelo, como a los cadáveres el profesor
eternizado por Rembrandt en la Lección de anatomía: sus ojos parecen
iluminarse al contemplar las entrañas mismas de la naturaleza humana y sus
labios palpitan de elocuencia serena al decir su verdad a cuantos le rodean.
¿Por qué no tendemos
al hombre sin ideales sobre nuestra mesa de autopsias, hasta saber qué es,
cómo es, qué hace, qué piensa, para qué sirve? Su etopeya constituirá un
capítulo básico de la psicología y de la moral.
III
EN TORNO DEL HOMBRE MEDIOCRE
Con diversas
denominaciones, y desde puntos de vista heterogéneos, se ha intentado
algunas veces definir al hombre sin personalidad.
La filosofía, la
estadística, la antropología, la psicología. la estética y la moral han
contribuido a la determinación de tipos más o menos exactos; no se ha
advertido, sin embargo, el valor esencialmente social de la mediocridad. El
hombre mediocre -como, en general, la personalidad humana- sólo puede
definirse en relación a la sociedad en que vive, y por su función social.
Si pudiéramos medir
los valores individuales, graduarían-, se ellos en escala continua, de lo
bajo a lo alto. Entre los tipos extremos y escasos, observaríamos una masa
abundante de sujetos, más o menos equivalentes, acumulados en los grados
centrales de la serie. Vana ilusión sería la de quien pretendiera buscar
allí el hipotético arquetipo de la humanidad, el Hombre normal que buscara
ya Aristóteles; siglos más tarde la peregrina ocurrencia reapareció en el
torbellinesco espíritu de Pascal. Medianía, en efecto, no es sinónimo de
normalidad. El hombre normal no existe; no puede existir. La humanidad, como
todas las especies vivientes, evoluciona sin cesar; sus cambios opéranse
desigualmente en numerosos agregados sociales, distintos entre sí. El hombre
normal en una sociedad no lo es en otra; el de ha mil años no lo sería hoy,
ni en el porvenir.
Morel se equivocaba,
por olvidar eso, al concebirlo como un ejemplar de la "edición princeps" de
la Humanidad, lanzada a la circulación por el Supremo Hacedor. Partiendo de
esa premisa definía la degeneración, en todas sus formas, como una
divergencia patológica del perfecto ejemplar originario. De eso al culto por
el hombre primitivo había un paso; alejáronse, felizmente, de tal prejuicio
los antropólogos contemporáneos. El hombre -decimos ahora- es un animal que
evoluciona en las más recientes edades geológicas del planeta; no fue
perfecto en su origen, ni consiste su perfección en volver a las formas
ancestrales, surgidas de la animalidad simiesca. De no creerlo así,
renovaríamos las divertidísimas leyendas del ángel caído, del árbol del bien
y del mal, de la tentadora serpiente, de la manzana aceptada por Adán y del
paraíso perdido...
Quételet pretendió
formular una doctrina antropológica o social acerca del Hombre medio: su
ensayo es una inquisición estadística complicada por inocentes aplicaciones
del abusado in medio stat virtus.
No incurriremos en
el yerro de admitir que los hombres mediocres pueden reconocerse por
atributos físicos o morales que representen un término medio de los
observados en la especie humana. En ese sentido sería un producto abstracto,
sin corresponder a ningún individuo de existencia real.
El concepto de la
normalidad humana sólo podría ser relativo a determinado ambiente social;
¿serían normales los que mejor "marcan el paso", los que se alinean con más
exactitud en las filas de un convencionalismo social? En este sentido,
hombre normal no sería sinónimo .de hombre equilibrado, sino de Hombre
domesticado; la pasividad no es un equilibrio, no es complicada resultante
de energías, sino su ausencia. ¿Cómo confundir a los grandes equilibrados, a
Leonardo y a Goethe, con los amorfos? El equilibrio entre dos platillos
cargados no puede compararse con la quietud de una balanza vacía. El hombre
sin personalidad no es un modelo, sino una sombra; si hay peligros en la
idolatría de los héroes y los hombres representativos, a la manera de
Carlyle o Émerson, más los hay en repetir esas fábulas que permitirían mirar
como una aberración toda excelencia del carácter, de la virtud y del
intelecto. Bovio ha señalado este grave yerro, pintando al hombre medio con
rasgos psicológicos precisos: "Es dócil, acomodaticio a todas las pequeñas
oportunidades, adaptabilísimo a todas las temperaturas de un día variable,
avisado para los negocios, resistente a las combinaciones de los astutos;
pero dislocado de su mediocre esfera y ungido por una feliz combinación de
intrigas, él se derrumba siempre, en seguida, precisamente porque es un
equilibrista y no lleva en sí las fuerzas del equilibrio. Equilibrista no
significa equilibrado. Ése es el prejuicio más grave, del hombre mediocre
equilibrado y del genio desequilibrado".
En sus más
indulgentes comentaristas, ese pretendido equilibrio se establece entre
cualidades poco dignas de admiración, cuya resultante provoca más lástima
que envidia. Alguna vez recibió Lombroso un telegrama decididamente
norteamericano. Era, en efecto, de un gran diario, y solicitaba una extensa
respuesta telegráfica a la pregunta presentada con la sugerente
recomendación de un cheque: "¿Cuál es el hombre normal?" La respuesta
desconcertó, sin duda, a los lectores.
Lejos de alabar sus
virtudes, trazaba un cuadro de caracteres negativos y estériles: "Buen
apetito, trabajador, ordenado, egoísta, aferrado a sus costumbres,
misoneísta, paciente, respetuoso de toda autoridad, animal doméstico". O, en
más breves palabras, (ruges consumere natus, que dijo el poeta latino.
Con ligeras
variantes, esa definición evoca la del Filisteo: "Producto de la costumbre,
desprovisto de fantasía, ornado por todas las virtudes de la mediocridad,
llevando una vida honesta gracias a la moderación de sus exigencias,
perezoso en sus concepciones intelectuales, sobrellevando con paciencia
conmovedora todo el fardo de prejuicios que heredó de sus antepasados". En
estas líneas refléjanse las invectivas, ya clásicas, de Heine contra la
mentalidad que él creía corriente entre sus compatriotas. Por su parte,
Schopenhauer, en sus Aforismos, definió el perfecto filisteo como un ser que
se deja engañar por las apariencias y toma en serio todos los dogmatismos
sociales: constantemente ocupado de someterse a las farsas mundanas.
A esas definiciones
del hombre medio pueden aproximarse otras de carácter intelectual o
estético, no exentas de interés, aunque unilaterales. Para algunos, la
mediocridad consistiría en la ineptitud para ejercitar las más altas
cualidades del ingenio; para otros, sería la inclinación a pensar a ras de
tierra. Mediocre correspondería a Burgués, por contraposición a Artista.
Flaubert lo definió como "un hombre que piensa bajamente". Juzgado con ese
criterio, le parece detestable.
Tal resulta en la
magnífica silueta de Hello, traspapelado prosista católico que nos enseñó a
admirar Rubén Darío. Distingue al mediocre del imbécil; éste ocupa un
extremo del mundo y el genio ocupa el otro; el mediocre está en el centro.
¿Será, entonces, lo que en filosofía, en política o en literatura, se llama
un ecléctico, un justo medio? De ninguna manera, contesta. El que es
justo-medio lo sabe, tiene la intención de serlo; el hombre mediocre es
justo-medio sin sospecharlo. Lo es por naturaleza, no por opinión; por
carácter, no por accidente. En todo minuto de su vida, y en cualquier estado
de ánimo, será siempre mediocre. Su rasgo característico, absolutamente
inequívoco, es su deferencia por la opinión de los demás. No habla nunca;
repite siempre.
Juzga a los hombres
como los oye juzgar. Reverenciará a su más cruel adversario, si éste se
encumbra; desdeñará a su mejor amigo si nadie lo elogia. Su criterio carece
de iniciativas. Sus admiraciones son prudentes. Sus entusiasmos son
oficiales. Esa definición descriptiva -análoga a las que repitiera Barbey
D'Aurevilly-, posee muy sugestiva elocuencia, aunque parte de premisas
estéticas para llegar a conclusiones morales.
El "hombre normal"
de Bovio y Lombroso, corresponde al "filisteo" de Heine y de Schopenhauer,
aproximándose ambos al "burgués" antiartístico de Flaubert y Barbey
D'Aurevilly. Pero, fuerza es reconocerlo, tales definiciones son inseguras
desde el punto de vista de la psicología social; conviene buscar una más
exacta e inequívoca, abordando el problema por otros caminos.
IV
CONCEPTO SOCIAL DE LA MEDIOCRIDAD
Ningún hombre es
excepcional en todas sus aptitudes; pero no podría afirmarse que son
mediocres, a carta cabal, los que no descuellan en ninguna. Desfilan ante
nosotros como simples ejemplares de historia natural, con tanto derecho como
los genios y los imbéciles.
Existen: hay que
estudiarlos. El moralista dirá, después, si la mediocridad es buena o mala;
al psicólogo, por ahora, le es indiferente; observa los caracteres en el
medio social en que viven, los describe, los compara y los clasifica de
igual manera que otras naturalistas observan fósiles en un lecho de río o
mariposas en la corola de una flor.
No obstante las
infinitas diferencias individuales, existen grupos de hombres que pueden
englobarse dentro de tipos comunes; tales clasificaciones, simplemente
aproximativas, constituyen la ciencia de los caracteres humanos, la
Etología, que reconoce en Teofrasto su legítimo progenitor. Los antiguos
fundábanla sobre los temperamentos; los modernos buscan sus bases en la
preponderancia de ciertas funciones psicológicas. Esas clasificaciones,
admisibles desde algún punto de vista especial, son insuficientes para el
nuestro.
Si observamos
cualquier sociedad humana, el valor de sus componentes resulta siempre
relativo al conjunto: el hombre es un valor social.
Cada individuo es el
producto de dos factores: la herencia y la educación. La primera tiende a
proveerle de los órganos y las funciones mentales que le transmiten las
generaciones precedentes; la segunda es el resultado de las múltiples
influencias del medio social en que el individuo está obligado a vivir. Esta
acción educativa es, por consiguiente, una adaptación de las tendencias
hereditarias a la mentalidad colectiva: una continua aclimatación del
individuo en la sociedad.
El niño desarróllase
como un animal de la especie humana, hasta que empieza a distinguir las
cosas inertes de los seres vivos y a reconocer entre éstos a sus semejantes.
Los comienzos de su educación son, entonces, dirigidos por las personas que
le rodean, tornándose cada vez más decisiva la influencia del medio; desde
que ésta predomina, evoluciona como un miembro de su sociedad y sus hábitos
se organizan mediante la imitación. Más tarde, las variaciones adquiridas en
el curso de su experiencia individual pueden hacer que el hombre se
caracterice como una persona diferenciada dentro de la sociedad en que vive.
La imitación
desempeña un papel amplísimo, casi exclusivo, en la formación de la
personalidad social; la invención produce, en cambio, las variaciones
individuales. Aquélla es conservadora y actúa creando hábitos; ésta es
evolutiva y se desarrolla mediante la imaginación. La diversa adaptación de
cada individuo a su medio depende del equilibrio entre lo que imita y lo que
inventa. Todos no pueden inventar o imitar de la misma manera, pues esas
aptitudes se ejercitan sobre la base de cierta capacidad congénita,
inicialmente desigual, recibida mediante la herencia psicológica.
El predominio de la
variación determina la originalidad. Variar es ser alguien, diferenciarse es
tener un carácter propio, un penacho, grande o pequeño: emblema, al fin, de
que no se vive como simple reflejo de los demás. La función capital del
hombre mediocre es la paciencia imitativa; la del hombre superior es la
imaginación creadora.
El mediocre aspira
a. confundirse en los que le rodean; el original tiende a diferenciarse de
ellos. Mientras el uno se concreta a pensar con la cabeza de la sociedad, el
otro aspira a pensar con la propia. En ello estriba la desconfianza que
suele rodear a los caracteres originales: nada parece tan peligroso como un
hombre que aspira a pensar con su cabeza.
Podemos
recapitular. Considerando a cada individuo con relación a su medio, tres
elementos concurren a formar su personalidad: la herencia biológica, la
imitación social y la variación individual.
Todos, al nacer,
reciben como herencia de la especie los elementos para adquirir una
personalidad específica.
El hombre inferior
es un animal humano; en su mentalidad enseñoréanse las tendencias
instintivas condensadas por la herencia y que constituyen el "alma de la
especie". Su ineptitud para la imitación le impide adaptarse al medio social
en que vive; su personalidad no se desarrolla hasta el nivel corriente,
viviendo por debajo de la moral o de la cultura dominantes, y en muchos
casos fuera de la legalidad. Esa insuficiente adaptación determina su
incapacidad para pensar como los demás y compartir las rutinas comunes.
Los más, mediante la
educación imitativa, copian de las personas que los rodean una personalidad
social perfectamente adaptada.
El hombre mediocre
es una sombra proyectada por la sociedad; es por esencia imitativo y está
perfectamente adaptado para vivir en rebaño, reflejando las rutinas,
prejuicios y dogmatismos reconocidamente útiles para la domesticidad. Así
como el inferior hereda el "alma de la especie", el mediocre adquiere el
"alma de la sociedad". Su característica es imitar a cuantos le rodean:
pensar con cabeza ajena y ser incapaz de formarse ideales propios.
Una minoría, además
de imitar la mentalidad social, adquiere variaciones propias, una
personalidad individual, netamente diferenciada.
El hombre superior
es un accidente provechoso para la evolución humana. Es original e
imaginativo, desadaptándose del medio social en la medida de su propia
variación. Ésta se sobrepone a atributos hereditarios del "alma de la
especie" y a las adquisiciones imitativas del "alma de la sociedad",
constituyendo las aristas singulares del "alma individual", que le
distinguen dentro de la sociedad. Es precursor de nuevas formas de
perfección, piensa mejor que el medio en que vive y puede sobreponer ideales
suyos a las rutinas de los demás.
V EL
ESPIRITU CONSERVADOR
Todo lo que existe es
necesario. Cada hombre posee un valor de contraste, si no lo tiene de
afirmación; es un detalle necesario en la infinita evolución del
proto-hombre al super-hombre. Sin la sombra ignoraríamos el valor de la luz.
La infamia nos induce a respetar la virtud; la miel no sería dulce si el
acíbar no enseñara a paladear la amargura; admiramos el vuelo del águila
porque conocemos el arrastramiento de la oruga; encanta más el gorjeo del
ruiseñor cuando se ha escuchado el silbido de la serpiente. El mediocre
representa un progreso, comparado con el imbécil, aunque ocupa su rango si
lo comparamos con el genio: sus idiosincrasias sociales son relativas al
medio y al momento en que actúa. De otra manera, si fuera intrínsecamente
inútil, no existiría: la selección natural habríale exterminado. Es
necesario para la sociedad, como las palabras lo son para el estilo. Pero no
bastaría, para crearlo, alinear todos los vocablos que yacen en el
diccionario; el estilo comienza donde aparece la originalidad individual.
Todos los hombres de
personalidad firme y de mente creadora, sea cual fuere su escuela filosófica
o su credo literario, son hostiles a la mediocridad. Toda creación es un
esfuerzo original; la historia conserva el nombre de pocos iniciadores y
olvida a innúmeros secuaces que los imitan. Los visionarios de verdades
nuevas, los apóstoles de moral, los innovadores de belleza -desde Renán y
Hugo hasta Guyau y Flaubert-, la miran como un obstáculo con que el pasado
obstruye el advenimiento de su labor renovadora.
Ante la moral
social, sin embargo, los mediocres encuentran una justificación, como todo
lo que existe por necesidad. El eterno contraste de las fuerzas que pujan en
las sociedades humanas, se traduce por la lucha entre dos grandes actitudes,
que agitan la mentalidad colectiva: el espíritu conservador o rutinario y el
espíritu original o de rebeldía.
Bellas páginas le
consagró Dorado. Cree imposible dividir la humanidad en dos categorías de
hombres, los unos rebeldes en todo y los otros en todo rutinarios; si así
fuera, no sabría decirse cuáles interpretan mejor la vida. No es factible un
vivir inmóvil de gentes todas conservadoras, ni lo es un inestable ajetreo
de rebeldes e insumisos, para quienes nada existente sea bueno y ningún
sendero digno de seguirse.
Es verosímil que
ambas fuerzas sean igualmente imprescindibles.
Obligados a elegir,
¿daríamos preferencia a una actitud conservadora? La originalidad necesita
un contrapeso robusto que prevenga sus excesos; habría ligereza en fustigar
a los hombres metódicos y de paso tardío, si ellos constituyeran los tejidos
sociales más resistentes, soporte de los otros. Lo mismo que en los
organismos, los distintos elementos sociales se sirven mutuamente de sostén;
en vez de mirarse como enemigos debieran considerarse cooperadores de una,
obra única, pero complicada. Si en el mundo no hubiera más que rebeldes, no
podría marchar; tornárase imposible la rebeldía si faltara contra quien
rebelarse. Y, sin los innovadores, ¿quién empujaría el carro de la vida
sobre el que van aquéllos tan satisfechos? En vez de combatirse, ambas
partes debieran entender que ninguna tendría motivo de existir como la otra
no existiese. El conservador sagaz puede bendecir al revolucionario, tanto
como éste a él. He aquí una nueva base para la tolerancia: cada hombre
necesita de su enemigo.
Si tuvieran igual
razón de ser los imitadores y los originales, como arguye el pensador
español, su justificación estaría hecha. Ser mediocre no es una culpa;
siéndolo, su conducta es legítima. ¿Aciertan los que sacan a su vida el
mayor jugo y procuran pasar lo mejor posible sus cortos días sobre la
tierra, sin consagrar una hora a su propio perfeccionamiento moral, sin
preocuparse de sus prójimos ni de las generaciones posteriores? ¿Es pecado
obrar de ese modo? ¿Pecan, tal vez, los que piensan en sí y viven para los
demás: los abnegados y los altruistas, los que sacrifican sus goces y
fuerzas en beneficio ajeno, renunciando a sus comodidades y aun a su vida,
como suele ocurrir? Por indefectible que sea pensar en el mañana y dedicarle
cierta parte de nuestros esfuerzos, es imposible dejar de vivir en el
presente, pensando en él, siquiera en parte. Antes que las generaciones
venideras están las actuales; otrora fueron futuras y para ellas trabajaron
las pasadas.
Este razonamiento,
aunque un tanto sanchesco, sería respetable, si colocáramos el problema en
el terreno abstracto del hombre extrasocial, es decir, fuera de toda sanción
presente y futura. Evidentemente, cada hombre es como es y no podría ser de
otra manera; haciendo abstracción de toda moralidad, tendría tan poca culpa
de su delito el asesino como de su creación el genio. El original y el
rutinario, el holgazán y el laborioso, el malo y el bueno, el generoso y el
avaro, todos lo son a pesar suyo; no lo serían si el equilibrio entre su
temperamento y la sociedad lo impidiesen.
¿Por qué, entonces, la
humanidad admira a los santos, a los genios y a los héroes, a todos los que
inventan, enseñan o plasman, a los que piensan en el porvenir, lo encarnan
en un ideal o forjan un imperio, a Sócrates y a Cristo, a Aristóteles y a
Bacon, a César y a Washington? Los aplaude, porque toda la sociedad tiene,
implícita, una moral, una tabla propia de valores que aplica para juzgar a
cada uno de sus componentes, no ya según las conveniencias individuales,
sino según su utilidad social. En cada pueblo y en cada época la medida de
lo excelso está en los ideales de perfección que se denominan genio,
heroísmo y santidad.
La imitación
conservadora debe, pues, ser juzgada por su función de resistencia,
destinada a contener el impulso creador de los hombres superiores y las
tendencias destructivas de los sujetos antisociales. En el prolegómeno de su
ensayo sobre el genio y el talento, Nordau hace su elogio irónico; para toda
mente elevada el filisteo es la bestia negra y en esa hostilidad ve una
evidente ingratitud. Le parece útil; con un poco de benevolencia llegaría a
concederle esa relativa belleza de las cosas perfectamente adaptadas a su
objeto. Es el fondo de perspectiva en el paisaje social. De su exigüidad
estética depende todo el relieve adquirido por las figuras que ocupan el
primer plano. Los ideales de los hombres superiores permanecerían en estado
de quimeras si no fueren recogidos y realizados por filisteos, desprovistos
de iniciativas personales, que viven esperando -con encantadora ausencia de
ideas propias -los impulsos y las sugestiones de los cerebros luminosos. Es
verdad que el rutinario no cede fácilmente a las instigaciones de los
originales; pero. su misma inercia es garantía de que sólo recoge las ideas
de probada conveniencia para el bienestar social. Su gran culpa consiste en
que se le encuentra sin necesidad de buscarlo; su número es inmenso.
A pesar de todo, es
necesario; constituye el público de esta comedia humana en que los hombres
superiores avanzan hasta las candilejas, buscando su aplauso y su sanción.
Nordau llega hasta decir con fina ironía: "Cada vez que algunos hombres de
genio se encuentren reunidos en torno de una mesa de cervecería, su primer
brindis, en virtud del derecho y de la moral, debiera ser para el filisteo".
Es tan exagerado ese
criterio irónico que proclama su conspicuidad, como el criterio estético que
lo relega a la más baja esfera mental, confundiéndolo con el hombre
inferior. Individualmente considerado a través del lente moral estético, es
una entidad negativa; pero tomados los mediocres en su conjunto, puede
reconocérseles funciones de lastre, indispensables para el equilibrio de la
sociedad.
Merecen esa
justicia. ¿La continuidad de la vida social sería posible sin esa compacta
masa de hombres puramente imitativos, capaces de conservar los hábitos
rutinarios que la sociedad les transfunde mediante la educación? El mediocre
no inventa nada, no crea, no empuja, no rompe, no engendra; pero, en cambio,
custodia celosamente la armazón de automatismos, prejuicios y dogmas
acumulados durante siglos, defendiendo ese capital común contra la asechanza
de los inadaptables. Su rencor a los creadores compénsase por su resistencia
a los destructores. Los hombres sin ideales desempeñan en la historia humana
el mismo papel que la herencia en la evolución biológica: conservan y
transmiten las variaciones útiles para la continuidad del grupo social.
Constituyen una fuerza destinada a contrastar el poder disolvente de los
inferiores y a contener las anticipaciones atrevidas de los visionarios. La
cohesión del conjunto los necesita, como un mosaico bizantino al cemento que
lo sostiene. Pero -hay que decirlo- el cemento no es el mosaico.
Su acción sería nula
sin el esfuerzo fecundo de los originales, que inventan lo imitado después
por ellos. Sin los mediocres no habría estabilidad en las sociedades; pero
sin los superiores no puede concebirse el progreso, pues la civilización
sería inexplicable en una raza constituida por hombres sin iniciativa.
Evolucionar es variar; solamente se varía mediante la invención. Los hombres
imitativos limítanse a atesorar las conquistas de los originales; la
utilidad del rutinario está subordinada a la existencia del idealista, como
la fortuna de los li |